No llegué al tarot buscándolo.
Llegué de casualidad, como llega todo lo que termina quedándose. Pero mirando para atrás, hay algo que siempre tiró en esa dirección — una atracción hacia los símbolos, hacia las preguntas sin respuesta fácil, hacia ese espacio raro entre lo que sabemos y lo que sentimos.
"Lo que el tarot te dice
depende de cómo vos lo leés."
Lo que descubrí no fue magia. Fue algo más extraño: que lo que el tarot me "dice" depende completamente de cómo yo lo leo. Que en cada carta hay arquetipos — imágenes antiguas que el ser humano viene usando hace miles de años para entenderse a sí mismo. Y que cuando me siento frente a una tirada, lo que pasa en realidad es que me siento frente a mí.
Es un espejo, no un oráculo.
Lo construí atravesando cambios, navegando el rumbo. No desde la certeza — desde el movimiento.
Que en cada tirada estás exactamente donde estás. Hoy podés ser The Fool — el ingenuo que avanza justamente porque no sabe lo que no sabe. Mañana, La Luna — lo que aparece cuando dejás de forzar la respuesta. El tarot no predice. Refleja el momento.
Oraklum es eso.
No te dice qué va a pasar. Te ayuda a ver lo que ya sabés.
El espejo está listo cuando vos lo estés.